Violencia contra la mujer: 43.6 % no busca ayuda por "no ser necesario"
Nota de prensaLa violencia contra la mujer en el Perú es una emergencia que va más allá de las lesiones físicas, instalándose como un problema estructural de salud mental.

25 de noviembre de 2025 - 11:05 a. m.
La violencia contra la mujer en el Perú es una emergencia que va más allá de las lesiones físicas, instalándose como un problema estructural de salud mental. Según la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (ENDES, 2024), la cifra de que el 43.6 % de las víctimas no buscó ayuda por considerar que “no era necesario” es la manifestación más clara del trauma psicológico y la manipulación. Este pensamiento es un mecanismo de defensa o, peor aún, una internalización del discurso del agresor que busca desculpabilizar al victimario y aislar a la agredida.
El abuso constante, especialmente la violencia psicológica (48.4 % de prevalencia) mediante humillaciones, amenazas y control, es devastador. Sus efectos incluyen trastornos de ansiedad y depresión como consecuencia directa del estrés crónico, y el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), especialmente en casos de violencia sexual. Este maltrato resulta en la pérdida de autoestima y autonomía de la víctima, lo cual se refleja en las barreras para denunciar, como la vergüenza (17.9%) y el miedo a nuevas agresiones (8.9%).
El daño psicológico de la violencia se propaga y afecta negativamente el núcleo familiar y el desarrollo social. La violencia crónica crea un ambiente de miedo e inseguridad para los hijos, quienes tienen un alto riesgo de desarrollar problemas de salud mental y de replicar patrones violentos en el futuro, un proceso conocido como transmisión intergeneracional del trauma. Además, la vergüenza, el miedo al agresor y el desconocimiento de los servicios (11.1%) demuestran una brecha de confianza en las instituciones. Solo el 29.5% de las víctimas acude a una institución, lo que significa que el tejido social se debilita cuando la ayuda formal falla. El problema se perpetúa, además, por una cultura de tolerancia y silencio, donde la minimización del daño por parte de la víctima se refuerza con la alta cifra de tolerancia social (75.7% de la población justifica la violencia, según datos previos), impidiendo la denuncia y afectando la dignidad y el desarrollo de toda la comunidad.
El Instituto Nacional de Salud Mental “Honorio Delgado – Hideyo Noguchi” (INSM “HD-HN”) recuerda que la violencia contra las mujeres es una emergencia de salud pública que sí puede prevenirse. La evidencia científica internacional y las recomendaciones del Informe Lancet (2022) señalan que la violencia nunca es culpa de la víctima, y que el primer paso para romper el ciclo es eliminar la culpa y el silencio. Por eso, las campañas deben reafirmar que pedir ayuda no es debilidad, sino un acto de protección y de vida.
Para la médica psiquiatra Vanessa Herrera, directora de la DEIDAE de Salud Colectiva del INSM, la respuesta debe ser integral y basada en la comunidad:
"El daño emocional es la herida más profunda que deja la violencia. No basta con atender lo visible: la comunidad debe activarse. La violencia es un problema social, y las redes de vecinos, familias, escuelas, universidades y centros de salud son la primera línea de apoyo. Nuestro trabajo es que ninguna mujer se sienta sola y que el silencio se transforme en acompañamiento seguro y efectivo. La violencia se puede prevenir cuando la sociedad reconoce, escucha y actúa."
Para lograr este enfoque comunitario, el INSM “HD-HN” recomienda realizar la denuncia en comisarías y acudir a los Centros Emergencia Mujer y Familia para garantizar que la ayuda sea inmediata, así como acudir al centro de salud mental comunitario más cercano para recibir acompañamiento emocional o llamar de forma gratuita a la línea del 113 opción 5 del Ministerio de Salud. Además, es crucial capacitar a líderes comunitarios, vecinos y familiares para que sean detectores de riesgo y promotores de la ayuda. Esto convierte a la comunidad en un sistema activo de vigilancia y soporte emocional, rompiendo el ciclo de la violencia y la tolerancia social a través del compromiso activo de cada ciudadano.
El abuso constante, especialmente la violencia psicológica (48.4 % de prevalencia) mediante humillaciones, amenazas y control, es devastador. Sus efectos incluyen trastornos de ansiedad y depresión como consecuencia directa del estrés crónico, y el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), especialmente en casos de violencia sexual. Este maltrato resulta en la pérdida de autoestima y autonomía de la víctima, lo cual se refleja en las barreras para denunciar, como la vergüenza (17.9%) y el miedo a nuevas agresiones (8.9%).
El daño psicológico de la violencia se propaga y afecta negativamente el núcleo familiar y el desarrollo social. La violencia crónica crea un ambiente de miedo e inseguridad para los hijos, quienes tienen un alto riesgo de desarrollar problemas de salud mental y de replicar patrones violentos en el futuro, un proceso conocido como transmisión intergeneracional del trauma. Además, la vergüenza, el miedo al agresor y el desconocimiento de los servicios (11.1%) demuestran una brecha de confianza en las instituciones. Solo el 29.5% de las víctimas acude a una institución, lo que significa que el tejido social se debilita cuando la ayuda formal falla. El problema se perpetúa, además, por una cultura de tolerancia y silencio, donde la minimización del daño por parte de la víctima se refuerza con la alta cifra de tolerancia social (75.7% de la población justifica la violencia, según datos previos), impidiendo la denuncia y afectando la dignidad y el desarrollo de toda la comunidad.
El Instituto Nacional de Salud Mental “Honorio Delgado – Hideyo Noguchi” (INSM “HD-HN”) recuerda que la violencia contra las mujeres es una emergencia de salud pública que sí puede prevenirse. La evidencia científica internacional y las recomendaciones del Informe Lancet (2022) señalan que la violencia nunca es culpa de la víctima, y que el primer paso para romper el ciclo es eliminar la culpa y el silencio. Por eso, las campañas deben reafirmar que pedir ayuda no es debilidad, sino un acto de protección y de vida.
Para la médica psiquiatra Vanessa Herrera, directora de la DEIDAE de Salud Colectiva del INSM, la respuesta debe ser integral y basada en la comunidad:
"El daño emocional es la herida más profunda que deja la violencia. No basta con atender lo visible: la comunidad debe activarse. La violencia es un problema social, y las redes de vecinos, familias, escuelas, universidades y centros de salud son la primera línea de apoyo. Nuestro trabajo es que ninguna mujer se sienta sola y que el silencio se transforme en acompañamiento seguro y efectivo. La violencia se puede prevenir cuando la sociedad reconoce, escucha y actúa."
Para lograr este enfoque comunitario, el INSM “HD-HN” recomienda realizar la denuncia en comisarías y acudir a los Centros Emergencia Mujer y Familia para garantizar que la ayuda sea inmediata, así como acudir al centro de salud mental comunitario más cercano para recibir acompañamiento emocional o llamar de forma gratuita a la línea del 113 opción 5 del Ministerio de Salud. Además, es crucial capacitar a líderes comunitarios, vecinos y familiares para que sean detectores de riesgo y promotores de la ayuda. Esto convierte a la comunidad en un sistema activo de vigilancia y soporte emocional, rompiendo el ciclo de la violencia y la tolerancia social a través del compromiso activo de cada ciudadano.